Pbro. José Guzmán Herrera
Homenaje al Pbro. José Guzmán Herrera
Poeta y Escritor
Ni peligro que se me ocurra dar alguna opinión acerca de sus escritos. Si lo hiciera estoy seguro de que al verla el Padre José, porque la mira desde el cielo, se sonreiría, inclinaría su mirada y diría, como tantas veces nos decía tiendo: “No tienen remedio y punto”. Hace años, cuando Mons. Francisco Moreno terminaba cuarto de teología, fuimos a Tapachula un grupo de sacerdotes y de seminaristas para una jornada vocacional, y el padre José era el encargado. Ya casi al final de ese mes se puso a escribir un poema a la ciudad y se le ocurrió leérmelo cuando le faltaba casi nada para terminar. Yo le sugerí espontáneamente un verso. Él se río, cerró su cuaderno y llevó el tema de la conversación a otra cosa. Años después me dijo: “No sabes cuánto tiempo tardé en terminar aquel poema. Al intentar concluirlo, recordaba tu verso y no podía seguir adelante”. ¿Comprenden por qué no me llega ni la más mínima intención de opinar acerca de sus escritos? Lo que escriba lleve un grato recuerdo del Padre José a quienes lo conocieron, de algún rasgo de su persona a los más jóvenes y me permita expresar a Dios mi gratitud por él.
Conocí al Padre José en Agosto de 1975. Hacía poco tiempo que había celebrado sus bodas de plata sacerdotales. Era del grupo ilustre de Don Juan Jesús Posadas, del Padre Jesús Villaseñor, del Padre Antonio Martínez… Venía al Seminario como director espiritual de humanidades, maestro de todo lo relacionado con el buen escribir y patriarca de un grupo formadores, los más bastante bisoños: algunos con pocos años de ordenados, otros aún sin ordenarnos.
Los primeros meses de aquel año escolar teníamos de reuniones como no se imaginan, y todas por la noche. El Padre José ahí estaba, después de horas y horas de clases, que tenía muchas, y con la meditación a las seis de la mañana del día siguiente. Se sentaba un poco fuera del círculo, escucha y escucha la de cosas que decíamos. Poco opinaba: en parte porque, como él decía, era un mundo muy distinto al seminario que vivió en su formación, pero más que por eso, por permitirnos dar los primeros pasos. No era dejarnos solos, cuando juzgaba necesario en pocas palabras externaba su postura, y nunca dejó traslucir a los muchachos algún desacuerdo, que en muchas cosas debió de no estar de acuerdo.
Me impresionaba la alegre sencillez de su vida pobre. Siempre de sotana para clases y para su ministerio en la capilla; de pantalón oscuro y de suéter ligero de cuello alto para el resto del día. Grandemente práctico: las maquetas de los templos que le pedían las hacía con cartón de caja de zapatos, palillos de los que usaban para las paletas y arbolitos de esos que venden en diciembre para los nacimientos. Lo veíamos en el desayuno disolver en un jugo o en su avena de agua las disprinas y la tableta efervescente de vitamina c que debía tomar. Aquello parecía pócima medieval, pero él decía que todo iba a donde mismo. Su bonete de canónigo él mismo se lo hizo con cartoncillo negro. Pero no lo piensen codo o agarrado. Lo vi busque y busque zapatos suavecitos para regalar un padre muy amigo suyo que sufría de sus pies, preocupado por su hermana Mari, buscando dejarle protegida si él faltaba. Al escucharnos reía con las tonterías que le contábamos. Los muchachos se le acercaban confiados a platicarle de sus cosas de dentro o a echar pitarra, y él era uno de entre ellos. No obstante que nos doblaba la edad y tenía montón de cuadernos que corregir, no rechazaba las invitaciones que le hacíamos a salir. Una vez nos fuimos al cine, ya luego de haber acostado a los muchachos, a la función de las 10. en su volkswagen verde, al que en dos años no le cambió el aceite, sólo le ponía lo que faltaba, lo estacionó por Corregidora, y para evitar que alguien se lo robara le quitó el cable que va al distribuidor. Tranquilos disfrutamos la función, salimos y llegamos al carro. El Padre José metía la mano a un bolsillo y nada, a otro y nada. Sabe Dios dónde quedó el dichoso cable.
Muy ordenado en su vida, exigente consigo mismo, vivía la paz y la misericordia de los que son de Dios y viven para Él en el servicio pequeño que crece y se hace grande al multiplicarse silencioso como respuesta a cada necesidad. Así lo miramos caminar hacia el Señor día con día.
“Señor, yo me iré contigo
abriendo al golpe del flexible remo
el seno de las olas; nada temo.
Ya cerca de la playa
Con mi canción haré que el golpe sea
Sólo un eco del viento que pasea”
Mons. Leopoldo González González