Dimensión escatológica del hombre…
Dimensión escatológica del hombre y su empeño cristiano en la transformación del mundo, según Juan Alfaro. un discurso sobre la esperanza, necesario para nuestro tiempo
Debido a su ser de espíritu finito, comprender al hombre será siempre una tarea inagotable para filósofos, sociólogos, políticos, médicos y teólogos. Por otra parte, dada la recíproca relación de dependencia entre el hombre y el mundo (sociedad e historia), cada época que va viviendo el hombre, le revela nuevos aspectos de su ser, los que a la vez pueden convertirse en problemas, pero también en retos, contribuyendo, también, a configurar un determinado modelo de hombre. Ahora bien, ¿puede la teología (reflexión sobre Dios) hacer reflexión sobre el hombre? Para algunos teólogos es válido partir del hombre para llegar a Dios, es decir, la reflexión sobre el hombre nos tiene que llevar a la reflexión sobre Dios. El planteamiento sería éste, ¿qué hay en el hombre que lo hace capaz de recibir la revelación?. Este es, quizá, uno de los métodos más válidos ante una sociedad que, entre otras cosas, padece una crisis antropológica (GS ). Efectivamente, la nuestra es una época caracterizada por cambios vertiginosos, que se han concretizado en problemas filosóficos, ecológicos, sociales y teológicos, provocando una situación de crisis, que manifiesta la grande paradoja del ser humano, ante la cual, el cristianismo, no puede ser ajeno si quiere ser fiel a sí mismo. Efectivamente, el cristianismo de hoy afronta el reto de la cultura postmoderna, la cual, sin superar la modernidad, manifiesta características propias: si la modernidad constituye la ruptura y separación con el pensamiento medieval, anteponiendo el antropocentrismo al teocentrismo, la ciencia a la filosofía, la razón a la fe, el secularismo a la religión, etc., la postmodernidad sufre y expresa las consecuencias de tal ruptura: la razón fragmentada (negación de la metafísica, el pensamiento débil), la negación de la historia, el relativismo dogmático y moral, el sinsentido de la vida, etc.
En el fondo, sigue estando el hombre como incógnita: ¿cuál es su origen y su fin último? ¿cuál es su relación con la naturaleza, con los otros hombres, con Dios? ¿Cuál es su futuro?
Esta realidad ha significado para la Iglesia también una especie de crisis, pues vive un cambio respecto del pasado, donde, en el pensamiento de algunos sociólogos, ya no ocupa el centro de la sociedad, sino un sistema más del gran sistema, junto a otros sistemas. De ahí la renovación teológica tenida en el siglo pasado, y que se caracteriza por ser más emancipada, ecuménica y crítica, universal y significativa a un mundo secularizado (teología del mundo).
Ahora bien, ante este panorama, un problema común, tanto para la sociedad en general como para la teología, lo constituye el futuro del hombre, ¿cuál es el origen y el fin último del hombre? ¿cuál es su relación con la naturaleza, con los otros hombres y con Dios? ¿cuál es su futuro?
A dicho futuro, quisieron dar respuestas las grandes utopías del siglo pasado (el futuro tecnocrático y la filosofía marxista), las cuales al presentar un futuro meramente intramundano terminaron por negarlo, lo cual significó un reto también para la escatología cristiana: ¿qué significado puede tener un mensaje que hable de realización futura? Más aún, ¿cómo puede tener eco un mensaje que dice que la vida del hombre sólo encuentra su plena significación en un futuro que por sí sólo no puede alcanzar? ¿la negación de este futuro significa también el futuro del mensaje cristiano? Por eso, la renovación teológica que hemos mencionado tuvo una expresión muy concreta en la escatología, la que antiguamente se entendía como el discurso acerca de los novísimos o tratados sobre el cielo, el infierno, el purgatoria y el juicio, entendidos como cosas que vendrían al final de la historia. Dicha concepción escatológica presentaba un problema: ¿cómo hablar de realidades que están más allá de mi experiencia? Hoy, la escatología tiene una nueva manera de entenderse: los novísimos ya no se entienden como cosas, sino como aspectos de un único misterio. Hoy la escatología se entiende como el discurso sobre la realidad última, decisiva y definitiva, que cuenta al final (éschaton) de nuestra historia: Dios en Cristo; o a también, el final de nuestra existencia a la luz y en el horizonte de éschaton, que en Cristo se ha hecho realidad no meramente futura. Ahora bien, el lenguaje más apropiado para hablar de la escatología es la esperanza. Por lo cual, creemos que un discurso sobre la esperanza constituye uno de los elementos más valiosos para comunicar hoy el mensaje cristiano. No en vano, en los últimos años la esperanza ha recuperado una importancia grandiosa tanto en filósofos como en teólogos.
Pues bien, entre quienes más han escrito sobre la esperanza está Juan Alfaro(1914-1993), para quien la esperanza pertenece a la esencia misma del hombre, pues su esencia es no estar ya hecho, sino haciéndose continuamente; por lo mismo, todo tiene su realización solo en el futuro, pero no en cualquier futuro sino en el futuro absoluto y trascendente. Pero, cómo puede el hombre alcanzar ese futuro? ¿en base a qué puede alcanzarlo? ¿no será una mera ilusión? Para Alfaro, siguiendo la tradición cristiana, este futuro se ha dado en Cristo, en su encarnación, muerte y resurrección. De modo que Cristo constituye el futuro único de todo hombre; y no sólo del hombre individual, sino del hombre y todo el cosmos; de modo que el hombre junto con el cosmos está encaminado hacia la plenitud en Cristo. Aquí está el núcleo de la esperanza cristiana: ésta une presente y futuro: futuro anticipado y presente proyectado. Entendida así la esperanza no sólo no distrae al hombre de su empeño por el presente, sino es un estímulo y una exigencia para ocuparse de él. Más aún, la esperanza cristiana en tanto es válida en cuanto valora y hace trascender el mundo presente, anticipo del mundo nuevo.
Por lo cual, afirmar la dimensión escatológica del hombre es liberarlo del tecnicismo materialista y del ateismo marxista, que lo habían aprisionado, cerrándolo a la trascendencia; o también, del nihilismo existencialista y del sin sentido de la vida postmoderna; igualmente, la vivencia de la esperanza cristiana garantiza la preocupación responsable por el mundo presente, encaminándolo a una plenitud esperanzadora, pues ese futuro ya ha comenzado.
Pbro. Lic. Antonio García Cortés.