Edith Stein Caminando tras la verdad

2. Edith caminando tras la verdad                                                 

                                                                                                                por Francisco Armando Gómez Ruiz

             Una vez que hemos conocido acerca de la vida de Edith, es momento de sumergirnos en su pensamiento, el cual es bastante amplio, pues su pensar filosófico, al igual que otros muchos filósofos, va evolucionando. De tal manera, así como podemos hablar de una mujer sumamente judía, de una persona que va en busca de la verdad, también podemos decir bastante de la señorita que profesa la fe católica, y encuentra tanto sentido a su vida en el mensaje cristiano, que se decide a seguir las huellas del Buena Pastor entregando toda su vida al servicio del Reino, viviendo en una comunidad religiosa y convirtiéndose en una monja de claustro. 

             No obstante, el pensar filosófico de Edith Stein es muy rico, pues en él podemos descubrir todo un itinerario, en el que el ser finito, es decir, el hombre, puede llegar al conocimiento y a la contemplación del Ser eterno.  En el presente capítulo, que pretende ser el más amplio, conoceremos brevemente cómo evoluciona el pensamiento de Edith, mediante la fenomenología, que aunque la invitaba al idealismo y al subjetivismo, logra desarrollar un pensamiento cristiano; pero siempre en busca de la verdad.

             2.1 El pensamiento que gobernaba  

           Edith vive en una época en la cual el pensamiento filosófico, en especial en Alemania, sufre algunos cambios, pues a finales del siglo XIX y a principios del siglo XX, el marcado ambiente de idealismo recibe su respuesta con la corriente realista, la cual recibe el nombre de Fenomenología. “Presiden el movimiento Alexius Meinong (austríaco) y especialemte Edmund Husserl, profesor de las universidades Göttingein y Friaburgo[1]”.

              También se había generalizado una actitud naturalista y positivista.  El desarrollo de las ciencias y de la técnica penetra en la cultura a tal grado, que atrae hacia sí los ideales metódicos del conjunto del saber.  Una tendencia positivista que quiere reducir a la realidad a lo que queda circunscrito en lo aprehensible como fuctualidad.  Un claro exponente de este tipo de pensamiento es Augusto Comte, el más famoso positivista francés del siglo XIX y uno de los más influyentes filósofos en el pensamiento[2].             

          Esta situación que vive el pensamiento de la época, Husserl la definirá en su obra La Crisis, como una crisis de la razón, pues Husserl asegura que están en crisis tanto el conocimiento como el humanismo.

             No obstante, la situación social y política para los judíos, sufre muchas transformaciones, pues con la dictadura de Hitler en Alemania (1933-1944), los derechos de los judíos son reducidos; y en la Segunda Guerra Mundial (1939-1945), la intolerancia judía se intensifica con la muerte de miles de judíos por manos de los nazis[3].

             Estos aspectos fueron esenciales para la construcción del pensamiento que desarrollaría Edith Setién, pues su filosofía se dirigiría, mediante la fenomenología, a encontrar el valor de la persona humana y a descubrir el sentido de la vida.

             2.2 Seguidora de la escuela fenomenológica

              La influencia de Husserl, así como es muy grande en el pensamiento de Edith, así también lo fue para el pensamiento contemporáneo.  El pensamiento de Husserl se ejerció primero en un grupo de discípulos y admiradores que fueron atraídos por su nuevo método de filosofar y por la originalidad de sus análisis. A este grupo de discípulos propiamente no se le puede llamar escuela, sino corriente[4].

              Este grupo de amigos filósofos que se reunían en Gontinga, generalmente por las noches, se dedicaban a exponer algunos temas de interés y después se trataban de encontrar las soluciones, pero siempre mediante la utilización del método fenomenológico[5].  El mismo Husserl, siempre insatisfecho con las soluciones encontradas y dispuesto a no dejar inconclusa su tarea indagadora, no era capaz de imponer una doctrina a sus discípulos. Pero dejaba tras de sí una riqueza de análisis, que abrían el campo de investigación hacia algunas disciplinas filosóficas, tales como: la Estética, Psicología, Ética, Sociología, Religión, etc.[6] 

                         2.2.1  Miembros de la escuela fenomenológica 

            Sin duda alguna, bastantes de los seguidores de la fenomenología, que eran los que se interesaban por hacer sus estudios en Gontinga, eran jóvenes.  Entre ellos se encontraban: 

Eduvigis Canrad-Martius, quien fuera amiga de Edith.  Ella inició su actividad como escritora con una seria obra en contra del positivismo del momento, superando sus límites gnoseológicos. Ella se dirigió especialmente a investigar  “la estructura óptica del cosmos real”, es decir, la estructura de la naturaleza en sus determinaciones esenciales de lo material, psíquico y espiritual. 

Dietrich von Hildebrand.  Él evolucionó, al igual que Edith, de la fenomenológia al catolicismo, probablemente por la influencia de Schéller.  Dietrich manifestó gran interés por la Teología.   

Max Schéller. Él, al igual que Edith Stein, fue judío, sin embargo, se convierte al catolicismo a los quince años.  Logra estudiar Filosofía y emprende grandes investigaciones en busca de la verdad.  Al ponerse en contacto con Husserl, Scheller asume la fenomenología como método, actitud y estilo propio de pensar[7].  Edith misma nos proporciona algunos datos de Scheller de la siguiente manera: 

“La primera impresión que Scheller producía era fascinante. Nunca se me ha vuelto a presentar en una persona el puro fenómeno de la genialidad… Scheller hablaba muy incisivamente, hasta con magnífica viveza. Le eran especialmente gratas palabras como: la pura verdad; las cuales pronunciaba con devoción y ternura”[8].            

         Otros miembros de la escuela eran la hermana de Edith Stein: Rosa, Juan Daubert, Guillermo Schapp, Alejandro Koyrë, entre otros.            

          Es importante conocer las personas con las cuales estuvo cerca, pues de todas ellas Edith se fue formando su propia concepción del mundo, Dios y el hombre.  Que Edith hubiera pertenecido a este escuela es sumamente determinante para ella, pues el método fenomenológico es lo que le enseña a contemplar el mundo y descubrir la verdad.             

              2.3 El método fenomenológico en Edith Stein            

          La fenomenología es “la descripción de lo que aparece o la ciencia que tiene como tarea o proyecto esta descrpión”[9]. Este término fue acuñado probablemente en la escuela wolfiana, en el año 1764.  Lambert lo consideraba como el estudio de las fuentes del error.  Otros hombres que en su pensar filosófico utilizaban este término eran: Kant, Hegel, entre otros.  Sin embargo, el que acuña de forma definitiva la Fenomenología será Edmund Husserl en su obra Investigaciones Lógicas, pero su concepción de la fenomenología fue teniendo evolución, pues él la desarrollaría de forma más clara en obras siguientes[10]. Para Husserl la fenomenología es: 

 Un idealismo que no consiste más que en la autoexplicitación de mi ego como sujeto de todo posible conocimiento, llevada a cabo de modo consecuente en la forma de una ciencia egológica sistemática, y esto con respecto al sentido de todo lo que es, que debe poder tener justamente un sentido para mí, el ego”. 

            De esta manera podemos entender que para Husserl la labor del filósofo consiste en las superaciones de las actitudes naturalistas y psicologistas mediante la contemplación de las esencias de las cosas.

 

            El método filosófico en Husserl “consiste en la descripción neutra de las esencias”[11], donde es de suma importancia conocer el concepto de conciencia, que “consiste en el hecho de darse cuenta de algo”[12]. De esta manera se puede afirmar que la conciencia ordinaria siempre apunta a algo, su intencionalidad. La conciencia consta de dos partes: noema y noesis, la primera es el aspecto objetivo, lo que se capta en el acto de la conciencia; mientras que la noesis es el aspecto subjetivo, es decir, la operación de darse cuenta.  Se le llama conciencia pura cuando en ésta coinciden la noesis y el noema[13].  Entonces un fenómeno será aquello que además de aparecer a los sentidos y  manifestarse en condiciones particulares, se presenta en sí mismo, o sea como es, en sí, en su esencia[14], es decir, el fenómeno es el neuma.  La descripción del fenómeno se ha de hacer de forma neutra, en cuanto que hace una epojé, es decir, hacer caso omiso de algo o ponerlo entre paréntesis[15].  La fenomenología hace epojé  de teorías, causas y demás entes que no se presentan en el fenómeno, a esto es a lo que se le llama epojé filosófica, fenomenológica y eidética[16]. Lo que busca la fenomenología es tener la evidencia absoluta del fenómeno.  Sin embargo, la evidencia puede ser de dos tipos: asertórica, es decir, la que se refiere a los hechos de determinada manera; y la apodíctica, que se refiere a lo que es de cierta manera y que no puede ser de otra. La evidencia apodíctica es la que pretende la fenomenología.

 

            De esta manera, la fenomenología, en Husserl y en sus seguidores, incluyendo a Edith Stein, pretende ser una ciencia que sea completamente válida para todo,  pues el objeto de la fenomenología es la esencia, la cual no es un hecho, sino una estructura necesaria y unitaria. Así pues, describir esencias en función de intuiciones intelectuales es lo que pretende la Fenomenología[17].

 

            Edith misma tiene su propia concepción de la fenomenología y de su método, el cual en  muchas ocasiones tubo la oportunidad de enseñar a jóvenes filósofos.  Ella conoció el método en tres momentos:

 

1)  Al leer la obra de las Investigaciones Lógicas de Husserl.  Es importante mencionar que Edith lee esta obra cuando Husserl ya lleva diez años en la evolución de este método.  Entonces, este primer acercamiento no es del todo completo, pues el mismo Husserl se refutará a sí mismo la descripción que hace en esta obra de su método fenomenológico[18].

2)    Cuando leyó la nueva edición de las Investigaciones Lógicas de Husserl.  En esta obra es en la que Husserl hace las correcciones necesarias.  Edith descubre en Husserl una tendencia hacia “la nueva escolástica” pues en la descripción del método se aparta de la mirada filosófica del sujeto para dirigirla al objeto.  Ante este cambio, Edith dirá que:  “Husserl empleó todas sus energías para fundamentar un camino que sus antiguos alumnos de Gotinga no podían seguir, para dolor del maestro y de sus discípulos”[19]. 

3)  El contacto con A. Reinach, asistente de Husserl.  Él le ayudó a comprender los principios y aplicaciones del método. Reinach siguió muy de cerca el trabajo de Edith acerca de la Empatía, valorándolo y haciéndole las correcciones necesarias dentro del estilo que Husserl exigía[20].  

           Tras este acercamiento de Edith a la Fenomenología, y una vez que ha conocido un poco más el pensamiento de Husserl en Gotinga, Edith elabora un primer juicio acerca de la concepción que ella tiene sobre la fenomenología:

      “Y lo que hasta ese momento había yo aprendido de Fenomenología, me encantó mucho, porque ella consistía propiamente en un trabajo de aclaración y se forjaba desde el inicio, para sí misma, los instrumentos gnoseológicos que se necesitaban”[21].  

           Esta idea que ella se creó sufre mínimos cambios, pues ella misma en su tesis doctoral nos dirá lo siguiente:        “Objetivo de la fenomenología es la clarificación y, con ello, la fundamentación última de todo conocimiento… Ante todo no hace uso de los resultados de ciencia alguna…sino que se debe fundamentar en sí misma”[22].  

           Como nos podemos dar cuenta, la Doctora Edith está totalmente convencida de que este método es el adecuado para poder llegar a tener un auténtico conocimiento de las cosas.  Así, una vez que ha aprendido y puesto en práctica este método en sus obras: el problema de la Empatía, ser finito y Ser eterno, Estructura de la persona humana, entre otras, Edith nos presenta los principios del método fenomenológico de la siguiente manera: 

1)  Fijar nuestra atención en las cosas mismas.  Este es el principio más fundamental, pues se trata de interrogar a las cosas mismas, no a las teorías que se han realizado sobre ellas.  Se trata de acercarse a las cosas con una mirada libre, fuera de toda predisposición. 

2)  Dirigir la mirada hacia lo esencial.  Se trata de usar la intuición que nos permite conocer la esencia misma de la cosa, esto tiene un doble significado: lo que la cosa es por su ser propio y lo que la cosa es por su esencia universal[23].   Edith misma nos aclara que la intuición, según Husserl, es “el acto en el que se capta la esencia, el cual es una percepción espiritual”[24].  

           No hay duda, esta mujer era una completa enamorada de la fenomenología.  No obstante, no se pierde en esta corriente, que posiblemente lleve a un subjetivismo, pues el encuentro con el dato de la fe hará que madure su pensamiento a una total filosofía cristiana.  Este dato lo ampliaremos en el siguiente capítulo.            

         Cuando Edith abandonó a Husserl, se le abrieron nuevos campos de investigación, y se dio cuenta de algunas deficiencias del método que hasta entonces había considerado como único para poder llegar al conocimiento de la verdad sensible y moral. No obstante, el encuentro con la filosofía cristiana, con el pensamiento de Teresa de Ávila, el pensar del Cardenal Newman y sobre todo, por el encuentro con el pensamiento tomista, así como las lecturas del Antiguo y Nuevo Testamento; causaron en ella una preocupación: saber dónde se encontraba aquella Verdad que daba razón y sentido a todo lo demás.      Tenía el anhelo de entregarse del todo a la verdad pero no creía que la verdad de la ciencia, que conocía tan bien, fuera algo definitivo a lo que había que entregar la vida.  La verdad eterna alumbraba en la Iglesia, no en la universidad”[25].              

            2.4 Su filosofía Cristiana  

           Cuando Edith tiene la oportunidad de ponerse en contacto con el pensamiento de Santo Tomás de Aquino, realizó una comparación con la teoría fenomenológica de Husserl.  Este estudio la llevó a desarrollar su pensamiento desde perspectivas e implicaciones de un carácter cada vez más religioso.   

            Edith se puso en contacto con el pensamiento tomista gracias a la traducción que hizo de las “Quaestiones disputatae de veritate”[26] de Tomás de Aquino.  Recordemos que el pensamiento católico de la época estaba marcado por lo que se le llama: neoescolástica, es decir, el intento por poner en diálogo el pasado con el presente.  “La neoescolástica fue una respuesta a la amenaza de la revelación cristiana por la filosofía y la teología racionalista de los siglos XVIII y XIX”[27]. 

              Cuando comenzó a traducir el texto de Tomás al alemán, lo intentó hacer mediante el método fenomenológico, lo cual implicaría interpretar la literatura de Tomas por las cosas mismas.  Por esta razón dejó a un lado la confrontación con los comentarios que otros autores hicieron de Tomás, pues recordemos que un principio del método fenomenológico es ir a la cosa misma haciendo epojé . El resultado de la obra es bueno, pues Rudolf Allers dirá sobre esta traducción:    

La traductora ha sabido transmitir al lector una exposición coherente del las ideas del Doctor Communis contenidas en estas Quaestiones, sin que uno se vea obligado a considerar a la vez todas las circunstancias que previamente incluye en sí la forma de la quaestio… La traducción es fiel no sólo a la letra y al sentido.  Está también adaptada a los conceptos filosóficos actuales, del mismo modo que se destacan también las relaciones con los problemas modernos en los comentarios de las notas citadas”[28].            

            Edith descubrirá poco a poco que también para Tomás de Aquino el verdadero fundamento del conocimiento, es el encuentro con la realidad creada, es decir, con el mundo de las cosas.  De este fundamento, inevitablemente, la inteligencia se eleva para comprender la necesidad del Dios creador, y el corazón se debe abrir a la recepción de su misterio, que es el amor infinito[29]. 

            Con este encuentro que tubo con otro tipo de pensamiento al recorrer el camino de la verdad, ya no le bastaba la teoría fenomenológica de su maestro Husserl, por la cual su maestro ponía entre paréntesis el ser de las cosas mismas, pues ahora Edith sabe que el ser es anterior al espíritu que se sitúa ante él[30]. 

            Tras una búsqueda incansable de la Verdad, que en el fondo no era la verdad lógica propuesta por Tomás con su afirmación: “De veritas es Adequaetio rei et intellectus[31]. No, Edith buscaba una verdad aún más suprema, una verdad que pudiera contemplar y comprender.  Buscó, entonces, y la encontró.  Así pudo clarificar su pensamiento filosófico, pues logró situar en el punto de partida al ser que contiene la esencia en sí mismo, pero también el existir supremo[32]. 

                        2.4.1 Intento por conciliar a Husserl con Tomás de Aquino 

            Ante esta situación Edith tomó una postura conciliadora, pues sentía la obligación de demostrar que la fenomenología y la filosofía cristiana no se encontraban en extremos opuestos.

             Ya en el primer capítulo mencionamos que Edith escribió una obra dedicada a Edmund Husserl que se tituló: “La Fenomenología de Husserl y la Filosofía de Tomás de Aquino”.  Esta obra es una clara muestra de la actitud conciliadora de esta autora, pues en esta obra ella compara los proyectos de pensamiento de estos dos filósofos y constata que en diversos aspectos hay varias semejanzas. Algunos ejemplos: en la visión de la filosofía como ciencia estricta, en la idea de la verdad como dimensión objetiva que existe independientemente de quien investiga, en la concepción del conocimiento intelectual, entre otros[33].  De esta manera considera que entre ellos es posible un diálogo.             

     Después de un estudio minucioso Edith descubre que la metodología tomista tiene una lógica, que aunque parece seguir el principio de autoridad, esto no lo realiza de manera acrítica, sino que existían bases objetivas sobre las cuales daba mayor crédito que a otro[34].

             Ella como cristiana creyente no puede contentarse con la fenomenología pura de Husserl, pues Husserl deja abierta la puerta para el problema de Dios y la conciencia religiosa, cosa que para ella deja de serlo.  De esta manera a Edith se le presentan algunos problemas metafísicos, a los cuales en obras posteriores intentó dar respuesta; entre esos problemas metafísicos el que más importancia tuvo para ella fue el del ser de Dios, problema al que dedicará su obra: Ser finito y Ser eterno[35].

             Después de este intento fallido, pues el pensamiento huserliano no tiene mucho que ver con el tomista, Edith Stein se manifiesta como una verdadera “filosofa cristiana”, no obstante, no deja de sostener su postura crítica, manteniendo esencialmente una postura fenomenológica.  Ella seguirá aplicando el método de reducción trascendental para aclarar conceptos muy fundamentales y propone las vías racionales por los que toda persona podrá ir al encuentro de la fe.  Ante esta visión que ahora posee, Edith comenta:           “Existen dos caminos que conducen a la verdad, y si bien la razón natural no puede llegar hasta la verdad suprema y mas elevada, sí puede alcanzar un grado en el que le es posible excluir ciertos errores y demostrar la armonía entre la verdad probada por la razón y la verdad de fe”[36].             2.5 Envuelta en el pensamiento místico (1933-1942)                        Edith en una carta de febrero de 1928 escribía: “Que sea posible cultivar la ciencia como culto divino, es algo que me ha quedado bien claro después de haber entrado en contacto con Santo Tomás… Y sólo como consecuencia de ello me he decidido a tomar otra vez en serio el trabajo científico”[37].                        Edith puede llegar a la cumbre de su pensamiento gracias al encuentro con Aquél que llena su vida y la orienta a escribir bastantes líneas para el avance en la vida espiritual.             La experiencia de Dios de Edith, no se puede cerrar al tiempo en el cual estuvo como religiosa, no, ella tuvo  experiencia de la mano de Dios en su vida desde muy chica, pues ella misma nos dice:        “Lo que no estaba en mi plan estaba en el de Dios.  Cada vez creo con mayor convicción que la casualidad no existe, que toda mi vida hasta en sus más mínimos detalles está inserta en el plano de la Divina providencia, y que ella sólo adquiere su significado más completo ante el ojo de Dios que todo lo ve.  Entonces comienzo a alegrarme pensando en la luz de la gloria por la que se me descubrirá su verdadero sentido”[38].             En estas líneas que, por cierto, no son nada fácil de explicar en la vida de una filósofa, podemos admirar cómo Edith hace memoria de su vida mientras estaba sumergida entre el ateísmo y el escepticismo, pues ella deseaba encontrarse con la Verdad.                        Sin embargo, durante toda su vida ella fue muy sensible a los datos que pudiera arrojar la fe, especialmente cuando entra al convento carmelita.  Pero la duda versará sobre cómo fue que llegó a encontrarse con Dios.   Edith nos responde así en una carta que envía a su amigo Roman Ingarden: “Todavía me sigo esforzando en vano en tratar de comprender qué papel desempeñamos los hombres en el devenir del mundo.  Hace tiempo que me llamó la atención un texto del Evangelio de Lucas: “Porque el Hijo del hombre se va, según está decretado, pero ¡ay de aquel por quien será entregado!” ¿No tiene esto un valor universal? Llevamos los acontecimientos adelante y somos responsables de ello.  Y en el fondo no sabemos lo que hacemos y no podemos detener la historia, incluso aunque renunciemos a ella.  Ciertamente esto no es comprensible.  Por lo demás, para mí religión e historia suceden juntas…”[39].                        En esta carta queda manifiesta la situación personal de Edith, pues quiere descubrir el sentido de su existir.  El sentido a su existencia sólo le queda claro en la persona de Jesucristo.  Edith nos deja claro que su conversión no es una “caída del caballo”, y que el encuentro con la Verdad absoluta es el fruto de una larga y difícil búsqueda, premiada por sus esfuerzos y constancia[40].             Es así como Edith pasa del conocimiento del Dios personal al Dios redentor.  Esto sucede antes de entrar a la orden carmelitana.  En este momento la cuestionante será ¿por dónde seguir a Cristo? Ella vislumbra dos caminos: el protestantismo y el catolicismo.  Opta por el catolicismo y entra a la orden carmelitana, donde su vida mística llega a una gran madurez, pues ella interpreta la vida en el monasterio de la siguiente manera:       “Durante el tiempo que precedió a mi conversión e incluso un buen tiempo después, tenía la convicción de que llevar una vida religiosa significaba el abandono de todo lo terrestre para vivir sólo en el pensamiento de las cosas divinas.  Progresivamente aprendí a reconocer que algo más se nos pide en este mundo y que incluso en la vida contemplativa, el ligamento con el mundo no se debe romper.  Creo, incluso, que cuanto más profunda es la atracción que nos conduce a Dios, mayor es el deber de “salir de sí”, en este sentido también, es decir en dirección al mundo para llevar allí la vida divina”[41].              La profunda experiencia que tubo de Dios le hizo pensar en abandonar todo para dedicarse absolutamente a Él. Pero gracias a sus confesores llegó al conocimiento de que la entrega a Dios pasa necesariamente por una entrega de comunión con la humanidad. Edith ha sido llamada a compartir su experiencia de Dios al mundo.  A partir de entonces descubre que la plenitud de su misión personal consiste en el servicio a la humanidad.             La cumbre del desarrollo místico de Edith se encuentra en el Dios amor, pues ella nos afirma que el amor de Dios no es algo abstracto, ni se cierra a una simple experiencia personal de unión o a obras del pasado.  El amor de Dios tiene un rostro visible en los miembros de la Iglesia. La vocación individual que cada uno recibe es una señal de la inmensidad de este amor; que puede manifestarse de formas nuevas y diferentes[42].  Edith define el amor de Dios así:         “La vida de Dios es amor: amor desbordante, sin límites y que se da libremente; amor que se inclina misericordioso hacia toda necesidad; amor que sana al enfermo y resucita lo que estaba muerto; amor que protege, defiende, alimenta, enseña y forma; amor que llora con los que lloran y se alegra con los que están alegres; dispuesto a servir a todos para que lleguen a ser lo que el Padre quiere; en una palabra: el amor del corazón divino”[43].              Cuando nuestra santa habla del amor de Dios, no está simplemente teorizando, deja que hable su corazón y ella misma plantea una cuestionante ¿cómo llegará el amor de Dios, que no ve, sin ser amado antes por Él? La respuesta ella misma la da:       “Para darse a Él amándolo, debemos aprender a conocerlo en cuanto amante… Este conocimiento no se perfecciona más que cuando Dios se da Él mismo al alma en la vida de la gracia y de la gloria, cuando le hace participar de su propia vida divina y le hace entrar en ella”[44].


[1] Vargas Samuel, Historia de las doctrinas filosóficas,  Ed. Porrúa, México, 1987, p. 390.

[2] Cfr. Sáez Rueda Luis, Movimientos filosóficos actuales, Ed. Trotta, España, 2003, pp. 32-33.

[3] Cfr. AA.VV. Adolfo  Hitler, en Enciclopedia Encarta 2006.

[4] Cfr. AA. VV. Historia de la Filosofía, Tomo VI, Ed. BAC, Madrid, España, 1988, p. 405.

[5] Cfr. Stein Edith, Estrellas Amarillas, op. cit. p. 233

[6] Cfr. Vargas Montoya Samuel, Historia de las doctrinas filosóficas,  op. cit. p. 405.

[7] Cfr. Ibid. p. 417.

[8] Cfr. Stein Edith, Estrellas Amarillas, op. cit. pp. 240-241.

[9] Abbagnano Incola, Fenomenología, en Diccionario de Filosofía, Ed. Fondo de Cultura Económica, México, D.F. 1974, p. 527.

[10] Cfr. Ibid. p. 527.

[11] Gutiérrez Sáenz Raúl, Antropología filosófica, Ed. Esfinge, México, 1984, p.122.

[12] Ibid.  p. 122.

[13] Cfr. Ibid. p.122.

[14] Cfr. Abbagnano Incola, Fenómeno, en Diccionario de Filosofía, op. cit. p. 526.

[15] Cfr. Gutiérrez Sáenz Raúl, Antropología filosófica, op. cit. p. 122.

[16] Cfr. Gutiérrez Saénz Raúl, Historia de las doctrinas filosóficas, Ed. Esfinge, México, 1980, pp. 182-183.

[17] Cfr. Gutiérrez Sáenz Raúl, Antropología filosófica, op. cit. p. 123.

[18] Cfr. Vargas Alonso Alfredo, “Comprensión del método filosófico en Edith Stein”,  en Efemérides Mexicana, vol. 12, No. 34, enero-abril, 1994, p. 78

[19] Stein Edith, Estrellas Amarillas, op. cit. p. 220.

[20] Cfr. Vargas Alonso Alfredo, Comprensión del método filosófico en Edith Stein, op. cit. p. 81.

[21] Stein Edith, Estrellas Amarillas, op. cit. p. 191.

[22] Stein Edith, El Problema de la Empatía, op. cit. p. 1.

[23] Cfr. Stein Edith, Estructura de la persona humana, Ed. BAC. España. 2003. p. 33.

[24] Ibid. p. 33

[25] Ranff Viki, Edith Stein en busca de la verdad, op. cit. p. 145.

[26] En español se lee: Investigaciones sobre la verdad.

[27] Emerich Coreth, Filosofía Cristiana, Tomo II, Ed. Encuentro, Madrid, España, 1994, p. 602.

[28] Allers Rudolf, “Ein neuer Zugang zu Thomas von Aquin”, en Das Neue Reich, vol 13, No. 43, junio-julio,  1931, p. 911.

[29] Cfr. http://gesuit.it/moscati/Español/Esp_Far1.html. Viernes 23 de febrero de 2007.

[30] Cfr. Ibid.

[31] De Aquino Tomás, Suma Teológica, Tomo I, a. 21 q. 2, Ed. BAC, España, 2002, p. 435.

[32] Cfr. http://gesuit.it/moscati/Español/Esp_Far1.html. Viernes 23 de febrero de 2007.

[33] Cfr. Emerich Coreth, Filosofía Cristiana, op. cit. p. 603.

[34] Cfr. Vargas Alonso Alfredo, “Comprensión del método filosófico en Edith Estein”, op. cit. p. 96.

[35] Cfr. Ibid. p. 604.

[36] Stein Edith, Ser finito y Ser eterno: ensayo de una ascensión al sentido del ser, Ed. Fondo de Cultura Económica, México, 1996, p. 31.

[37] Stein Edith, Escritos Espirituales, op. cit. p. 12.

[38] Stein Edith, ser finito y Ser eterno: ensayo de una ascensión al sentido del ser, op. cit. p. 130.

[39] Stein Edith, Autorretrato Epistolar (1916-1942), Ed. Espiritualidad, Madrid, España, 1996, p. 68.

[40] Sancho Fermín Francisco Javier. Una espiritualidad para hoy según Edith Stein, op. cit. p. 73.

[41] Stein Edith, Autorretrato Epistolar (1916-1942), op. cit. p. 63.

[42] Stein Edith, Ser finito y Ser eterno: ensayo de una ascensión al sentido del ser, op. cit. p. 520.

[43] Ibid.  p. 479.

[44] Ibid.  p. 471.

Teología Narrativa

Por sergio Urueta 

1. Presupuestos del Lenguaje Teológico

              1.1.  Elementos constituyentes del lenguaje

             Para Tornos existen cuatro factores constituyentes del lenguaje que nos permiten conocer el mismo modo de expresión del cristiano: 

  • Significación: se refiere a la estructura de la lengua, la gramática y el vocabulario. No son sólo hechos expresados por palabras, sino que el uso de las palabras nos abre un camino hacia el mundo de las ideas.
  • Significado: es la significación de los hechos o realidades objetivas, que se expresan por medio de palabras –realidades denotadas por el lenguaje-.
  • Sentido: es el sabor que uno vivencia al comunicar palabras, se evoca y se vuelve a experimentar con el hecho de escuchar –he aquí su especificidad- y entrar en un intercambio de palabras.
  • Interacción total de las personas o Praxis: es donde comenzamos a intercambiar no sólo palabras, sino acciones y relaciones. Es en el seno de estas acciones y relaciones donde tiene su lugar el ejercicio del habla, según su sentido, significación y significado[1].

            Este pequeño presupuesto lleva a Tornos a afirmar que las experiencias reales expresadas por una frase cualquiera configuran la vida de un individuo y, a la vez, el intercambio verbal de esas frases condiciona la praxis. Asimismo, esa praxis condiciona los sentidos que están íntimamente unidos a las palabras; si se es fiel a la frase, se considera una sinceridad realista, de lo contrario, se falta o defrauda a la lealtad esperada por los compañeros.             Es el principio que fundamenta para el autor la adquisición de conductas de sincera lucha por el bien, la valentía, etc.; se adquiere un sentido positivo o uno ambiguo según la fidelidad a las frases –dialéctica-.

             El problema de la narración radica en cuanto las significaciones –frases o palabras- pasan al plano de la realidad, pues la alteración de estas significaciones pueden comunicarse mal si las palabras, con que solían en un pasado significar una realidad, han pasado a significar otra cosa; de igual forma, una experiencia sin sentido puede llegar a tener un significado sublime. O lo que sería igualmente peligroso, como ocurría en las bibliotecas medievales, las palabras de los libros estaban muchas veces atadas a contextos ficticios.

            Por ello, para Tornos es indispensable percibir las palabras en su uso dentro de un proceso e interpretar si el uso actual sigue teniendo la misma fuerza significativa que antes o ha tenido una transformación[2].

            La postura de Tornos nos abre un panorama más grande, para entrar en el estudio de la Teología Narrativa, pues presenta los presupuestos hermenéuticos y constituyentes del lenguaje cristiano, que ha tenido su propio contexto y desarrollo en la historia.          

  

           1.2.  Palabra de Dios y palabra humana 

           Para Kremer, el problema de la interpretación de la Biblia en el s. XX radica en que para el hombre de ese tiempo la Biblia le parecía tener un lenguaje oculto, oscuro que había que aclarar, para hacerlo concordar con la vivencia propia de una ética de ese mismo tiempo; como forzando a sustentar la propia conducta. Pero la concepción sólo ética de la Biblia, aunada con la visión racionalista, llevó al hecho de que hoy muy pocos consideran que la Biblia sea Palabra de Dios.

            Es necesario comprender que aún los mismos profetas no anunciaban sus propias palabras, sino la Palabra de Dios, pero ¿cómo conciliar esa visión bíblica con la interpretación histórico-crítica?[3] Kremer presenta tres claves de interpretación  de la visión bíblica de Dios:

  • 1º Dios crea al hombre con la capacidad para escucharle, eso nos obliga a aceptar que no lo conocemos todo –como ostentaba el racionalista-; ni del hombre mismo ni de Dios. El mismo K. Rahner define al hombre como Hörer des Wortes (oidor de la palabra).
  • 2º Dios no va dictando palabra por palabra lo que quiere comunicar –esa visión piadosa no toma en cuenta las capacidades del ser humano-. No existe Palabra de Dios de manera pura; no hay Palabra de Dios sin palabra humana. Incluso el mismo Jesucristo –Palabra de Dios encarnada- no escapa a las leyes y limitaciones del lenguaje humano. Lo que es innegable es que lo que encontramos escrito por mano humana es inspiración del Espíritu Santo, eso es algo que no debemos perder de vista. Dios es el origen de la Escritura, aunque los hagiógrafos sean también autores literarios.

    La Palabra –Cristo que se encarna en la naturaleza limitada- contenida también en las Sagradas Escrituras es λόγος παχύνεται –Palabra condensada-; si ello se aplica a Cristo, con mayor razón a

    la Biblia, la cual es viva y actual para toda persona en cualquier lugar; y es, a la vez, dinámica, porque se va madurando en su comprensión continuamente
    [4].
  • 3º Las ciencias positivas no pueden probar con argumentos propios que Dios es autor de un mensaje profético o apostólico. Sólo existe una prueba: aquella del que escucha, pues el contenido de un mensaje se expresa en nombre de Dios –sólo el hombre de fe es capaz de aceptar esta realidad-[5].

               Para Kremer Dios –remitente- transmite mediante el texto –medio- al oyente o lector –receptor- un mensaje. Sólo se alcanza el objetivo cuando el receptor entiende el mensaje que ha sido dirigido. El Vaticano II afirma que a través de un texto Dios se comunica a los hombres, pero entiéndase a cada hombre (DV 2); sigue a Hans Urs von Balthasar cuando afirma que por medio de la Palabra Dios entra en contacto con el hombre, pero como una Palabra que se hace, no como algo hecho; la hermenéutica y teoría de la comunicación hace más agudo el estudio pragmático de un texto o perícopa, haciendo que el lector elija y ordene las palabras y frases, de modo que Dios nos transmite su Palabra a distintos niveles[6]. 

          

             1.3.  La revelación como palabra y a través de la palabra

             Revelar, como la etimología nos dice, es quitar el velo (απο = ab, idea de separación y καλύπτω = cubrir, ocultar, esconder), por eso αποκάλυψις –apocalipsis- es revelación. Como hemos observado, Dios habla en la Sagrada Escritura por medio de los hombres, es decir, se vale del lenguaje humano para transmitirnos su propio ser, es lo que llamamos revelación. Nosotros no hemos tomado la iniciativa de la revelación, es el mismo Dios quien, bondadoso, sale a nuestro encuentro; de ahí que la revelación es puro don, gratuidad total. Esa es la diferencia entre las religiones naturales y la religión revelada. Dios nos revela a su propio Hijo el Λόγος –Palabra-, en su Palabra se nos muestra quién es Dios, el hombre y el proyecto divino –μυστήριον- de salvación para nosotros. La finalidad de la revelación no es apaciguar el hambre de saber, el puro conocer, sino la salvación y se nos revela por medio de obras y palabras intrínsecamente unidas.

              Se ofrece a todos los hombres, sin excepción, la vocación divina del hombre no puede terminar en una felicidad natural, sino en la plenitud que sólo es dada por Cristo y en él. Jesús se presenta como mediador de la revelación, pero es, a la vez, plenitud de esa revelación, pues Él mismo es misterio revelado, autor y objeto de la revelación, predicador y predicado, mensajero y mensaje: «Credere Christo (Revelatori) et credere Christum (revelatum) et credere in Christum»[7].

            1.4.  La narración bíblica ante el embiste del materialismo

             En el pensamiento de F. Belo los exegetas empiristas o más o menos griegos –para él todos idealistas- expresan sus discursos en un ámbito totalmente opuesto al carácter semiótico, que predomina en casi toda la narración bíblica –distinto del carácter lingüístico-. Para él, lo narrativo predomina sobre lo gnoseológico –propio de las filosofías griegas-, por eso la Biblia tiene en los verbos su fuerza máxima, con ellos significan la realidad, más que con los conceptos.

             El Λόγος de la Biblia (al menos en Marcos) donde el relato es actual, es una realidad intemporal presente de manera temporal. Por ello, se recurre al uso de la metonimia y la metáfora. 

            La primera  es «material»: rebaño, campo, higuera, la vid son metonimias de Israel; a diferencia de los términos como aire, aliento que se refieren al espíritu; no es algo material, lleva a la acción pero no es presencia como templo, sino que es contemplación como dirá Heidegger (theo-oría). En cuanto a la metáfora encontramos los más bellos ejemplos en las parábolas, que son uniones entre las diversas metonimias; no buscan sistematizar el conocimiento o llegar a la abstracción griega; más bien la fragmentan. El mismo poeta judío H. Meschonnic decía: «Entre nosotros, decir y hacer comen juntos»[8].

            Blank afirma que para la correcta interpretación de un texto, es decir, descubrir el concepto de verdad que encierra, es importante atender al «género literario». Antes de afirmar un dogma, asegura Blank, debemos examinar el género literario; por ejemplo «la concepción virginal». Para Blank la exégesis gira en torno a tres momentos: a) regresar al Jesús histórico; b) transmisión de la comunidad y c) redacción de los evangelistas[9].

            Blank añade que los textos elegidos por la liturgia (pone de ejemplo el sexto domingo de Pascua) no tienen conexión alguna entre sí, además están mutilados y sacados de su propio contexto; están desarticulados. Imposible para un fiel laico descubrir el mensaje si ni siquiera el exegeta puede hacerlo. Hay que enfocarse a un tema y profundizar en él. Ni siquiera las mejores traducciones encajan en nuestra mentalidad por las diferencias históricas y culturales que conllevan. Temerariamente, afirma que la dogmática clásica no ofrece ya ni siquiera como una regla de fe- una auténtica ayuda, porque su exégesis precrítica no toma en cuenta los modernos métodos exegéticos ni la conciencia histórica actual[10].

             Ganoczy dice que los exegetas acusan a los dogmáticos en gastar sus fuerzas en justificar tesis ya formuladas y los dogmáticos acusan a los exegetas de tener poca sensibilidad eclesial, perdiéndose en sus trabajos de detalle y controversia. 

               Ganoczy como buen exegeta y excelente teólogo, advierte que el dogmático y el teólogo deben recurrir al método de la exégesis, para fundamentar sus conclusiones, pero que la auténtica teología no reside en la exégesis y sus conclusiones u opiniones de escuela, a menudo contradictorias, sino únicamente en la palabra escatológica de Dios manifestada en Cristo Jesús. El exegeta, según Ganoczy, goza de una libertad legítima con respecto a los dogmas, el dogmático que no se deja esclavizar por la particularidad literaria –narración por ejemplo- tiene libertad de hacer uso de la hermenéutica y transformar la diversidad histórica en una síntesis que sea relevante[11].

             Por eso el dogmático, en el caso de la narración teológica, debe prestar atención a las tesis sugeridas a lo largo de la historia y trabajar por una dogmática, que pueda enseñarse en el aquí y el ahora; el dogmático hace exégesis de la misma tradición eclesiástica con el mismo método histórico crítico, que es el método imprescindible de la actual hermenéutica moderna[12].

             Al estudiar la Teología Narrativa, debemos partir del argumento de Kremer cuando señala que la función del exegeta no es ser señor, sino servidor de la Palabra; aunque dentro del marco de su propia disciplina, sólo debe ayudar a entender y transmitir

la Palabra (DV 2), tal es el caso de la narración. Esta es la puerta para la elaboración de

la Teología Narrativa, que explicamos a continuación[13].  


   2. Teología Narrativa        

       

          2.1. La narración en la Biblia              

Si casi toda la Biblia está escrita en el lenguaje narrativo –como lo hemos analizado-, el método histórico-crítico moderno sólo nos impulsa a estudiar con más detenimiento los textos sagrados; existe un cúmulo inmenso de tesis dogmáticas preelaboradas de las que podemos partir, para profundizar con el método exegético auténtico; la finalidad de los textos es que el receptor capte el mensaje que Dios le transmite por medio de palabras humanas: ¿De qué manera hay que estudiar la narrativa bíblica para dar el paso a una teología narrativa?